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ubud, bali, indonesia
27th of January 2019

Ubud Instagram Diary


El año pasado conté en la web de Mujeres Viajeras cómo es viajar y trabajar en Bali. Spoiler: es una pasada. Ya sea porque fue una de mis primeras paradas en el Sudeste Asiático y aun estaba “fresca” (siempre digo que cuando ya no te sorprende ver a cinco personas montadas en la misma moto es mala señal) o porque debe ser verdad que hay algo en el aire de esta isla que te da una paz terapéutica, mis días en Bali fueron muy felices.

Llegué a Bali un sábado de septiembre por la tarde. El viaje del aeropuerto a Ubud ya fue prometedor. El taxista, después de sorprenderse por mi estado civil (otro más, qué le vamos a hacer), me empezó a llenar de información sobre la isla: que si no hay normas de circulación, que si es totalmente normal que una niña de diez años conduzca una moto, que si los hombres se dejan la uña del pulgar larga para poder rascarse mejor…   Yo, observadora, iba viendo en directo todo lo que me contaba a través de la ventanilla (bueno, lo de la uña se lo vi a él mismo), con la adrenalina de una recién llegada a un sitio totalmente nuevo. Cuando la conversación derivó al terreno más personal, me confesó que engañaba a su mujer, “pero solo de vez en cuando”.

Una vez en Ubud, logré encontrar mi escondida guest house, donde un amable chico llamado Rocky me recibió. Siendo un alojamiento barato, no me podía quejar del entorno: caray, ¡qué porche y qué jardín! Me instalé e inmediatamente me fui a explorar. Esta es una de mis partes preferidas de viajar: la primera vez que sales a explorar el lugar. Todo es nuevo, un input incesante y arrollador de información. “Ah, ¡me siento viva!”

Paseé por las calles del centro de Ubud y en seguida divisé algunos monos cerca del bosque (¡pues era verdad que corretean sueltos por la calle!) y decenas de sitios de masajes con chicas sonrientes ofreciéndome tratamientos. “Vale, si insistís, vendré a darme un foot massage después de cenar.” Encontré un restaurante vegano tipo bufé con un surtido increíble de comida sana por el equivalente a unos tres euros. ¿Me he muerto y he llegado al cielo? ¡Gracias, gracias! En aquel momento, aun con lo poco que había visto, ya empezaba a tener claro que me quedaría todo el mes en Ubud. Porque esto va de sensaciones, ¿me explico? Y sí, había sentido que mi sitio durante las próximas semanas estaba en Ubud.

Volví a mi guest house con dificultades, porque el lado oscuro de darte masajes a los pies es que luego las chancletas te resbalan y pareces un pato, y más intentando subir una cuesta. Fue entonces cuando decidí que sería mejor ir descalza, la primera de las muchas veces durante mis días en Bali. Puede que para algunos no tenga importancia eso de andar descalzo, pero para mí sí, pues era una práctica que tenía prohibida de niña (mi abuelo era el que más se enfadaba cuando me veía sin zapatos por la casa, decía que iba a coger reuma, ja, ja). Aquí, en cambio, lo raro era llevar zapatos. No voy a negar que me costó acostumbrarme, pero el entorno tropical y los suelos de bambú supongo que ayudaron.

La mañana siguiente, Rocky me preparó unos banana pancakes deliciosos. Las tortitas de plátano son el desayuno típico de los turistas por estas latitudes, ya que los indonesios comen arroz. Luego, fue también él quien me ayudó a encontrar un alojamiento para todo el mes: justo al lado de su guest house, en un bungalow de bambú de ensueño con vistas a un campo de arroz. Fue amor a primera vista. “Me lo quedo.” 

Los días siguientes estuvieron dedicados a irme ubicando. A parte de descubrir un par de coworkings (Hubud y Onion Collective), creé mi propio mapa mental de cafeterías de Ubud que reunían los requisitos para que pudiera ejercer de nómada digital a gusto. Resumiendo, serían: buen wifi, espacio agradable, café decente y comida sana. Entre mis cafeterías preferidas de Ubud para tal propósito están: Clear Café, Earth Café, Seniman Coffee Studio, Atman Nourish Café, Juice Ja Café y Watercress.

Por las tardes me dedicaba a probar diferentes sitios de masajes y estudios de yoga, y de relajarme en mi terracita viendo lo que yo llamaba “la hora de los patos”, cuando los soltaban un rato por el campo y lo inundaban todo con su incesante ¡cua, cua, cua! Entre mis otros amigos no humanos también estaba un dragón al que pareció gustarle más que a mí (que ya es decir) la silla de la terraza, y también las ranas que tenía que sortear cuando subía a mi bungalow de noche, a parte de muchas otras especies no identificadas que se paseaban por el tejado de mi casita de madrugada.

Y así, jalan-jalan (una de las expresiones útiles que aprendí en el curso de supervivencia de indonesio que significa algo como pasear), llené los días en Ubud de banana pancakes, de nasi goreng (uno de los platos más típicos de Indonesia), de foot massages y de una sonrisa permanente que no se borró aun teniendo que decir “no, gracias” a los taxistas unas 3.480 veces al día.

ubud_bali_indonesia

Si quieres leer más artículos de viajes y estilo de vida, echa un vistazo a mi portfolio ;)

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